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Batalla de la Aurora Púrpura
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Nombre
Batalla de la Aurora Púrpura
Clasificación
Guerra
Estado
Finalizada
Lugar
Landas de Sidimote
Inicio
Año 26
Vencedores
Perdedores
Personajes destacados
Muertes importantes
Menalt
Una era de tinieblas se abatió sobre el Mundo de los Doce (en ese entonces, once). Nadie lo sabía aún pero el halo de armonía de los Dofus, que envolvía al mundo con su dulzura, estaba mancillado. Y el caos, que se hacía evidente día a día en todos los rincones del mundo, duraría hasta que estallara la guerra entre Bonta y Brakmar, las dos ciudades y surgidas de los esfuerzos de los protectores de los meses.

La historia de los caballeros de la Orden del Corazón Valiente, debería estar escrita en los libros de historia, o en los grimorios ya que es el tipo de historia que hace que se levanten monumentos. Guiados por Menalt, el centauro, su trágico destino debería haber sido narrado por todos los heraldos y bardos del Mundo de los Once y grabada en el mármol para perduraren el tiempo... ¡Pero no! No fue así dado que su destino inspiraba tanto miedo a aquellos que la evocaban que si su historia ha llegado hasta nuestros días es porque los más osados la contaban en voz baja durante reuniones nocturnas... Dicha historia es una advertencia para aquellos jóvenes temerarios e imprudentes.

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Os resultará bastante difícil encontrar rastros de estas historias que se contaban susurrándolas al oído por las noches, ya que todos los caballeros desaparecieron, tanto sus cuerpos como sus almas, en una noche fría de septango. Aquello ocurrió en los albores del mundo...

Rushu había destruido una parte del Reloj Divino de Xelor e impuso a Djaul como protector del mes de desiembro. Desde aquel momento el vasallo de Rushu hizo que la sombra del miedo cubriera al Mundo de los Doce: el gran Solar murió a sus manos.Y si bien no consiguió robar el Dofus que protegía Aguabrial, de su tentativa nacería un dragón colérico e imprevisible, al que dieron el nombre de Bolgrot. Este dragón, como intuía Djaul, le serviría tarde o temprano para alcanzar sus fines.

Todo esto creó una gran inestabilidad en el mundo, y el halo protector de los Dofus se vio manchado por tanta codicia... A pesar de todo esto, Rushu no estaba satisfecho. El señor de los demonios quería ser un dios también y ser venerado por discípulos a su imagen y semejanza. ¡Pero sus deseos no se vieron cumplidos! Una diosa, llamada Sacrógrito, ¡le robó su lugar en el panteón! Para resarcirse, Rushu le pidió a Djaul que le levantase una ciudad entera. Dicha ciudad sería su templo. Y así, ¡él también tendría sus fieles! Rushu pretendía convertir a los discípulos de los dioses: estos llevarían alas rojas, y ¡se parecerían a demonios! Así fue como la ciudad de Brakmar, edificada en una sola noche gracias a la ayuda demoníaca de Rushu, se consagró al culto del señor demonio...

Xelor, por su parte, juzgaba que Jiva era digna de suceder a Solar. También le pidió a Menalt, el guerrero centauro de la Orden del Corazón Valiente, que fuera el protector de martalo, el mes de las tempestades y de las lluvias, y éste acepto. Dado que Jiva y Pouchecot, respectivamente protectora y protector de los meses de javián y agusto, habían elegido residir en la nueva ciudad de Bonta, sólo basto un mes para que los tres protectores, ayudados de los diez dioses, levantasen la ciudad que debía oponerse al domino de Brakmar y al culto de Rushu. Pasaría todo un año antes de que estallase la primera batalla.

El amanecer del 12 de septango del año 26 fue frío, y la luz apenas conseguía penetrar entre las tinieblas. Los puestos avanzados bontarianos, que ostentaban los caballeros de la orden, estaban blancos debido a la helada. Los centinelas aletargados por el frío de la mañana. Aunque agrupados alrededor de los braseros, no conseguían entrar en calor. El bosque, que normalmente comenzaba a resonar con cientos de ruidos diferentes a esa hora matinal, habría permanecido bajo un silencio total si no se hubiese producido ese grito varias veces durante la noche. Los centinelas que en un principio no prestaron atención, empezaron a investigar en la oscuridad, allá, hacia el sur. El grito -que no parecía salido de un animal corriente- se acercaba. El capitán sospechaba que se trataba de una estratagema del enemigo. Últimamente los brakmarianos habían permanecido bastante tranquilos, sin lugar a dudas, demasiado. Un mensajero salió hacia Bonta. De repente, la noche, que estaba en la más absoluta calma, se estremeció: algo se movía más allá de donde alcanzaba la vista de los centinelas. Tras unos segundos estupefactos, cabalgaron hasta el campanario para dar la voz de alarma... ¡Demasiado tarde! Un clamor salvaje ensordeció los tañidos. Los caballeros oyeron resonar los tambores de guerra. ¡Era un ataque! Las tropas antes escondidas entre los montes de Sidimote se abalanzaban ahora sobre ellos. El tumulto hacía temblar la tierra y no terminaba de amanecer.

En Bonta, Jiva ya había dado la alarma y preparaba a los milicianos: tendrían que resistir si el ataque enemigo conseguía llegar hasta la ciudad. Animaba a los defensores, dando al mismo tiempo órdenes: los arqueros a las aspilleras; la infantería, detrás de las puertas. Podían oír en la lejanía el entrechocar de las armaduras de las tropas al andar. El enemigo avanzaba y ¡rápido! Aquello no podía traer nada bueno... Menalt y Pouchecot se reunieron con Jiva. Tras una breve conversación, se pusieron de acuerdo en el plan a seguir. Jiva dirigiría la defensa de la ciudad. Pouchecot y Menalt encabezarían cada uno una escuadra de cincuenta caballeros de la Orden del Corazón Valiente. La mayoría eran centauros que servían a Bonta bajo las órdenes de Menalt, el resto eran infantes armados hasta los dientes.

Con una espada al aire y al grito de «¡Bonta vencerá!», el grupo se lanzó para ayudar a sus camaradas. Desgraciadamente, los puestos avanzados habían sido devorados por hordas de goblins. En ese momento sucumbían nada menos que cuarenta caballeros desbordados por el número de goblins. ¡Los refuerzos llegaban tarde! Las tropas bontarianas aceleraron el paso y los centauros galopaban más rápido. Pero los goblins sólo eran la punta del iceberg del ataque de los brakmarianos. El enemigo se multiplicaba, el alba parecía estar fija y la noche se eternizaba. De repente, unas grandes llamas pálidas y grises en el cielo sobre las tropas de goblins iluminaron tímidamente la batalla. El siniestro grito resonó de nuevo. Los brakmarianos habían arrasado los puestos avanzados de Bonta. Menalt veía angustiado cómo los cabalgadores de karne perseguían a los últimos caballeros, que huían a la desbandada, para acabar con ellos. Los dirigía un oscuro guerrero, un capitán brakmariano que mientras tanto se mantenía en la retaguardia.

«¡Las fuerzas de Brakmar son numerosas pero no invencibles!», dijo Pouchecot. «Tus centauros deben atacar a las tropas enemigas por los flancos. Así, acorralarás a los goblins y yo podré aniquilarlos. Luego, podremos enfrentarnos a ¡los jefes de guerra brakmarianos! Sabes que la mayoría de las criaturas bajo las órdenes de Brakmar son unos brutos sin cerebro y por lo general bastante indisciplinados. Si decapitamos a su comandante, se darán a la fuga. ¡Entonces, podremos encargarnos del origen de esos macabros alaridos!» Así habló Pouchecot, y Menalt asintió.

Los caballeros llegaron hasta las tropas de goblins... ¡Aquello fue una carnicería! ¡Una matanza! ¡Una verdadera masacre! Los héroes bontarianos blandían sus espadas y a cada golpe que asestaban, las salpicaduras ensangrentaban aún más sus armaduras. Pararon para recobrar el aliento y se reunieron alrededor de Menalt y de Pouchecot. No habían sufrido bajas, sólo algunos rasguños. Menalt miró hacia el campo de batalla para calcular la amplitud del combate. El ataque funcionó bien, muy bien... demasiado bien. El centauro buscaba al guerrero oscuro que vio poco antes. El guerrero se había reagrupado con el resto de tropas brakmarianas, a las que contenía para no ir a la batalla. Había cientos de esqueletos chafers, y no habían venido para socorrer a los goblins... Entonces Menalt se dio cuenta del error. Se volvió a oír aquel alarido, ahora ensordecedor. Y de nuevo las tinieblas dejaron paso a un relámpago gris. ¡Los goblins sólo eran un señuelo! Lo peor estaba aún por llegar... Era un guerrero, un solo guerrero, que vestía una armadura negra: un coloso. Avanzaba hacia ellos, solo, y los brakmarianos se apartaban a su paso. Lanzó un nuevo alarido, y fue como si una fuerza invisible empujara a los bontarianos. Enfurecido al ver retroceder a sus caballeros, Menalt les ordenó que volviesen a luchar. Él levantó su espada y cargó al ataque. Pouchecot le grito que esperase, pero los centauros ya se habían precipitado contra las primeras líneas enemigas. El choque fue terrible, el estrépito de las amas resonaba, los cuernos y los tambores redoblaban ruidosamente. Punzando y cercenando al enemigo con su espada, Menalt se abría camino hasta el jefe de guerra brakmariano. Si éste caía, ¡la victoria sería para Bonta! Menalt veía cómo combatía el guerrero: a cada golpe que daba, un caballero caía con su armadura desgarrada por la espada negra. La punta de su hoja describía curvas y círculos sin cesar, era como si dos alas oscuras batiesen el aire a su alrededor. El guerrero negro tenía la misma intención que Menalt.

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«¡Soy Menalt, comandante de la Orden del Corazón Valiente, protector de martalo! ¡Quienquiera que seas, tienes tus horas contadas!», le gritó Menalt alzando la voz sobre el tumulto. La batalla causaba estragos allí donde se mirara. Menalt se deshizo de su armadura: no le serviría de protección, y aún peor, le obstaculizaría en sus movimientos ante un adversario de tal calibre.

«¡Te las voy a hacer pagar, centauro! ¡Rézale a tu dios para que os abra las puertas del reino de los muertos a ti y a tus caballeros! Y dile que ¡Hyrkul hará que Bonta caiga hoy!», unas llamaradas negras salían de su casco. Menalt, que ahora podía ver a su adversario de cerca, se quedó estupefacto al comprobar que se servía del fuego como arma. Y gritó: «¡Sacrilegio! ¡Manchas el fuego sagrado de Uronigrido! ¡Maldito seas por ello!

«¡Hyrkul es mi nombre, y tu lo harás conocer en el otro mundo, centauro!», vociferó. Y los dos se lanzaron al ataque. Todo fue cuestión de segundos. Menalt blandía su lanza en cuya punta había una halo de fuego blanco y se dispuso a hacer un ataque directo apuntando al hueco de la garganta, donde las placas de la armadura negra estaban lo suficientemente espaciadas para que el ataque fuese fatal. Pero el guerrero consiguió esquivar el golpe y la lanza se perdió. Batía sus grandes alas para cegar al centauro, y antes de que éste pudiera lanzar un segundo ataque, Hyrkul ya tenía empuñada lanza de Menalt con una mano, y con la otra le tenía cogido por la garganta. Ambos gritaban, uno de rabia y otro de dolor. Un rayo incendiario salió del casco negro y alcanzó a Menalt en el rostro durante unos segundos interminables. Luego el guerrero empujó al centauro conmocionado y agonizante para asestarle el golpe de gracia. Se acercó moviendo su espada en círculos, haciéndola silbar, hasta asestar el golpe: cortó a Menalt en dos y éste cayó al polvoriento suelo. El guerrero continuó rugiendo y girando su espada: un intenso fuego proveniente de su garganta acariciaba la hoja. Las llamaradas se hacían cada vez más largas y más peligrosas. Y los caballeros que habían visto como había caído su jefe, ahora retrocedían. Un fulgurante dragón negro había nacido de la espada de Hyrkul. La bestia los observaba desde las alturas. Se lanzó hacia las tropas bontarianas que se abrasaron instantáneamente, los caballeros se desplomaron unos tras otros; y la onda expansiva de la explosión acabó con el resto de guerreros de Bonta. Pouchecot se salvó gracias a su magia, al igual que los árboles centenarios, se enraizó profundamente en la tierra y evitó salir despedido. Las armaduras de los caballeros cubrían el campo de batalla. Una lluvia glacial empezó a caer. Las hordas de brakmarianos volvieron a ponerse en marcha hacia Bonta. Hyrkul se puso delante de un Pouchecot transformado en árbol gigante: así se había protegido del ataque, pero a la vez se había vuelto incapaz de realizar cualquier movimiento. El coloso negro soltó una carcajada siniestra.

«¡Te esculpiré un ataúd con tu propia madera, Pouchecot! Pero antes, quiero ver la cabeza de Jiva balancearse colgada de tus ramas.» Escupió y a grandes pasos se reunió con su ejército. La fortificación de Bonta se distinguía a lo lejos, pálida como la cera.

La Orden del Corazón Valiente había sido totalmente exterminada.

Parecía que los defensores de Bonta no volverían a ver la luz del sol. ¿Sería esta la última noche que iban a vivir? Jiva no era la única que miraba constantemente hacia el cielo, intentando comprender el misterioso hechizo que pesaba sobre ellos. Raval, el guardián de septango, subió a lo más alto de Sidimote para observar el campo de batalla y la maléfica oscuridad que no terminaba de partir. «¡Cinco horas! ¡Debería haber amanecido hace cinco horas ya!» Esas horas eran preciadas para el protector de Septango. Le habían robado cinco horas al mes de septango... y por ello ¡tendría que dar explicaciones al Dios Xelor!

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Aquel guerrero negro tenía un poder descomunal. Había exterminado cien caballeros, humillado a Menalt y reducido a Pouchecot a la impotencia más absoluta.

«Si me interpongo entre él y Bonta para reclamarle las horas robadas, me juego la vida... Y en cuanto a Bonta... Querida Jiva, tu vida está pendiente de un hilo... pero si Bonta cae, la noche durará, quizás toda la eternidad». Y eso, Raval no podía ni tan siquiera imaginárselo. Bajo hasta el campo de batalla. Los goblins que se salvaron del ataque se entrelazaban para formar una retaguardia renqueante. Y en medio de cadáveres de goblins y de armaduras vacías, Raval tuvo la idea que iba a salvar a septango. Él que, en cuanto pasaba agusto, se dedicaba a extraer lentamente la vitalidad de los vegetales, ahora iba a llamar a la vida a los caballeros difuntos. Él tenía ese poder... Bajo sus órdenes, los fantasmas de los caballeros de la Orden del Corazón Valiente se levantaron: las armaduras rodaban por el suelo produciendo un ruido metálico. Calcinados, heridos, despellejados, todos tenían heridas abiertas. Raval pasó silencioso entre las filas y luego señaló al ejército de Brakmar. Las tropas de Hyrkul estaban a las puertas de Bonta. Los trools martilleaban las puertas, que amenazaban con ceder en cualquier momento. Jiva había reagrupado a sus milicianos para que formaran un muro de armaduras. Pero los goblins intentaban deslizarse entre las hendiduras de la puerta, que se agrandaban cada segundo que pasaba. Hyrkul, que había metido su espada en la vaina, ahora asestaba también golpes con su maza. Cambió de gesto y se giró extrañado bruscamente... De repente unos gritos de angustia se oyeron desde la retaguardia. El coloso, desconcertado, permaneció a la escucha. Pero no eran esos gritos de miedo lo que le inquietaba. Miro hacia el sur, y vio a sus tropas desbordadas por los caballeros de la orden, los mismos que había vencido con el rayo negro. Era una marea blanca que ahogaba a los brakmarianos. En ese momento sonó el cuerno de Bonta. Jiva ordenó abrir las puertas y sus milicianos avanzaron sobre las tropas de Brakmar, recuperando paso a paso cada metro de terreno perdido.

Hyrkul no podía prever este giro tan inesperado. Las tropas de Brakmar estaban es una situación muy delicada. Veía cómo los caballeros fantasmas, insensibles a los golpes, desmontaban totalmente a su ejército. El estado de confusión era absoluto. Su capitán se batía en retirada. Los goblins y los chafers se dispersaban, al mismo tiempo que los caballeros fantasmas los masacraban. Luchando por zafarse del combate y dando la batalla por perdida, Hyrkul echó un último vistazo a Bonta, a la que tuvo tan cerca, antes de darse a la fuga hacia el bosque de los abráknidos. Y aunque había perdido la batalla, sí que estaba seguro de una cosa: no había Dofus en Bonta. Jiva y Pouchecot no hubiesen dudado en utilizarlos en el momento más duro de la batalla para mostrar su poder y asustar a las tropas brakmarianas... Aquella simple información bien valía las pérdidas de Brakmar... Hyrkul se perdió en el bosque oscuro.

Un grito de victoria resonó en toda Bonta. Los supervivientes veían al final el amanecer. Raval había vuelto a lo más alto de Sidimote y veía la desbandada de Brakmar. La aurora era púrpura. El color daría nombre a esta batalla que quedaría escrita en los libros de historia. «La Aurora Púrpura», la primera batalla en la que se enfrentaron Bonta y Brakmar, fue una de las más sanguinarias del periodo de «la guerra de las ciudades».

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